El filósofo de la 'sociedad del cansancio productivista' y de la prevalencia del burnout recibe el Premio Princesa de Asturias 2025 [LARPSICO]
Quizás con un exceso de sensacionalismo periodístico, quizás con un deseo (algo demagógico) del premiado por agradar al público, a sabiendas de en qué país se encontraba, el pensamiento del filósofo más leído de nuestro tiempo, Byung-Chul Han, ha sido resumido, en su paso por Asturias, con esta doble reivindicación cultural: “más fiesta y más siesta”. Este sería el (banal) resumen del (trivializado) pensar del filósofo surcoreano, afincado en Alemania, nuevo premio Princesa de Asturias de la Comunicación y las Humanidades en 2025. Se alabaría así el modelo hispano-italiano (sur-europeo) frente al nórdico, a fin de contrarrestar la hegemonía de la cultura protestante del individualismo productivista y consumista, que fomenta el capitalismo neoliberal. “Fiesta” de noche (como si no fuese expresión de un costoso consumismo de ocio -lo hay también de botellón, claro-), pues, habría que entender, “siesta” de día, para que fuesen compatibles realmente, pues, en principio, a más fiesta menos tiempo para dormir. Sabido es que la medicina evidencia que la siesta no es una solución compensatoria adecuada a la falta de sueño nocturno continuo, que derivaría del exceso de fiesta. Con lo que la salud a la larga no saldría bien parada de hacérsele caso.
Sin entrar aquí en el juicio de la frivolización o trivialización de su pensar (a sus críticos le parece demasiado simplista, porque reduce la complejidad propia del mundo moderno a una explicación sencilla, que resulte de fácil comprensión para la gran mayoría, siendo accesible y abriéndose a ser superventas) conviene en este momento recordar que su obra más célebre es la denominada 'sociedad del cansancio'. Una obra que, como ya hemos evidenciado en otros momentos, tuvo -y sigue teniendo- la virtud de poner en el centro de la gestión del mundo del trabajo contemporáneo la preocupación por la protección frente a problemas de salud mental laboral. El cansancio proviene del agotamiento profesional sistémico de una población que vive para el rendimiento productivo, enfermando psicosocialmente.
En esta línea, cuando el ensayista premiado dijo, en el encuentro que tuvo con el público en el Teatro Jovellanos de Gijón, el martes 21 de noviembre, advirtió de que no tendría lugar en el mundo ninguna revolución que acabe con el modelo capitalista de economía de mercado, sino que el “capitalismo implosionaría por su propia contradicción fundacional al devorar las fuerzas que lo originaron”, no solo se refiere a la explotación irracional de los recursos naturales (crisis ambiental por el cambio climático antrópico). Junto a ello, lo hacía también a la (auto)explotación de las personas, tratadas como “recursos humanos” a maximizar en su rendimiento con la tecnología más avanzada en cada momento, hoy la digital. Frente a la cultura preindustrial de la “vida contemplativa” (que es en realidad su propuesta filosófica, no la más frivolizada de “fiesta” u “ocio”, sino la de la “vida activa-reflexiva”, como propone H. Arendt -la condición humana- y que pasa por aburrirse) en comunidad, dominaría una cultura del individualismo neoliberal economicista, donde regiría la visión de la libertad de las personas para explotarse a sí mismos. Con ella crece una sociedad de la maximización del rendimiento, esto es, sobre la base de exigencias externas e internas de rendir cada vez más sobre, con convicción de que todo nos es posible con el esfuerzo óptimo, idóneo.
Para aumentar la productividad -dice nuestro premiado- se sustituye el paradigma disciplinario (quien no obedece la instrucción laboral es sancionado) por el de rendimiento, por el esquema positivo del poder hacer. A partir de un nivel determinado de producción, el control negativo (prohibición-sanción) bloquearía un crecimiento ulterior. En cambio, la positividad del poder sería más eficiente que la negatividad del deber, porque el “inconsciente social” hace de la “persona-sujeto del rendimiento” un recurso más productivo que el de la simple obediencia a lo que se le ordena. Claro, cuando sobreviene la realidad de que somos seres limitados, emerge la frustración, la ansiedad, el estrés y el agotamiento, si no, en los casos más graves, la depresión.
En realidad, para nuestro filósofo de referencia deprimida es la persona sometida a la lógica del rendimiento que termina por cansarse, por fatigarse de sí misma, pero no solo por su propia frustración, sino por la “violencia sistémica que supone la constante presión hacia el rendimiento” productivista. En suma, lo que, en última instancia enferma psíquicamente a cada vez más personas no sería “el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna”. Como es lógico, aquí no nos compete tratar mínimamente si para lograr una sociedad del rendimiento más saludable y sostenible debe acabarse o no con el capitalismo, o si la sociedad será capaz de lograr encontrar un modelo de producción y convivencia capaz de ofrecer o garantizar una vida mejor para la mayor parte de la población posible, lo que aquí incumbe recordar es que, al margen de ello, poderes públicos, empresas y toda la ciudadanía debemos comprometernos a cumplir con las normas que así lo exigen.
“Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época, se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo.” F. Nietzsche, Humano, demasiado humano, Madrid, Akal, 2007, p. 180.
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