Cintas rojas

Información general

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Autoría
José López Pinillos ; edición, Fernando José Sánchez Bautista ; posfacio, Alberto González Troyano
Editado por
Consejería de Cultura y Deporte
Responsable de la edición
Publicado en
Sevilla
Año de publicación
2013
Precio
4.3 euros
Tipo
Recursos electrónicos
Soporte
Electrónico
Ref.
Documento electrónico en formato html ; Modalidad de acceso: World Wide Web.
Idioma
Español
ISBN
978-84-9959-131-5
Materias
Literatura, Bibliotecas y centros de documentación

Resumen de la publicación

De entre las narraciones breves escritas por José López Pinillos, conocido periodísticamente como Parmeno, sobresale Cintas rojas, publicada en 1916 y destinada a difundirse en aquel público de “paladares estragados” tan propio de la época. Su tremendismo primerizo ya anuncia el que, tres décadas más tarde, utilizaría Camilo José Cela. Comprensiblemente, se ha supuesto que constituye una fuente directa, tanto desde un punto de vista expresivo como ambiental, de La familia de Pascual Duarte. Para trabar su argumento se valió de un romance de ciego, o pliego de cordel, Cintabelde, publicado en Córdoba en 1891, y que, posiblemente, se hacía eco, más o menos amañado, de un suceso reciente. Este origen ya declara la predilección parmeniana por los recursos folletinescos y las fórmulas patéticas y melodramáticas, de las que esta obra ofrece, a pesar de sus pocas páginas, un conmovedor y violento muestrario. Por ello, puede leerse como el mejor ejemplo de una culta reelaboración literaria que tuvo como base una simple pieza popular de transmisión oral. La pauta del relato la marcan los asesinatos en serie cometidos por un bracero, Rafael Luarca, en un cortijuelo, no lejos de Córdoba, con el fin de conseguir el dinero que necesitaba para presenciar la corrida de feria de su ídolo taurino, Rafael Guerra Guerrita. La trama, que exhibe crueldad y más crueldad en cada una de sus secuencias, es, sin embargo, de una gran simplicidad de motivaciones, de espacios y de tiempo, tal como pedían los preceptistas neoclásicos. Se trataba de todo un reto literario, dado que, en pocas líneas, había que crear el clímax que hiciera creíble y verosímil un personaje tan expuesto a ser visto sólo como una atolondrada marioneta compulsiva. Pero el autor logra que el lector contemple fascinado -más que aterrorizado- cada uno de sus pasos, es decir cada uno de sus ocho crímenes. La pasión que los motiva siempre es la misma, pero en cada caso, con el recurso descriptivo de unos pocos párrafos, cada muerte adquiere singularidad suficiente para permitir reconstruir simbólicamente el carácter y casi la vida previa, de cada una de las víctimas. En Rafael Luarca, el papel desempeñado por su obsesión -no tanto por ir imperativamente a los toros como por ver torear a un diestro concreto: el Guerra- le convierte en un criminal. Pero, se proyectan sobre su actuación sombras aún más inquietantes. López Pinillos no quiso reducirlo a una sola dimensión, la de alguien que mata fríamente para conseguir sus fines. Aunque ese sea su perfil más nítido, el personaje ofrece, dentro de la parquedad del relato, otros matices significativos: en él se anuncian los rasgos de un tipo de comportamiento que el autor pudo presentir que, en las próximas décadas, alcanzaría gran relieve social y político. Tal vez intuyó -y proyectó su preocupación al darle vida a Cintas rojas- el poder movilizador de los ciegos fanatismos que se avecinaban, encarnados por hombres que imponían su deseo como único resorte de la vida, amparados por una moral que les evitaba cualquier sentimiento de compasión o de culpa ante el mal de los otros. Al bracero transformado, gracias a su cuidada vestimenta, en un hombre nuevo, sólo le preocupa que la sangre ajena le pueda manchar su pinturero traje de feria, con el que ha de penetrar en el umbral sagrado de la plaza de toros. Allí es donde reina el dios ambicionado, el único al que debe y sabe rendir culto. Para poder asistir al ritual, y aplaudir orgiásticamente al lidiador consagrado, todos los medios, por tanto, están permitidos. Este convencimiento, esta elevación del propio criterio, inapelable, a categoría dominadora y excluyente, le presta al personaje una siniestra modernidad. Puede que tras esta exhibición del yo potente, seguro, frío y calculador de Rafael Luarca, quisiese abarcar simbólicamente López Pinillos mucho más. Porque Cintas Rojas es el retrato de alguien para el que los demás, parientes, amigos, adultos o niños, sólo son instrumentos, medios, que pueden ser utilizados o aniquilados con total indiferencia según lo exija el deseo individual o la moral de un nuevo ídolo colectivo. En esas actitudes nihilistas y fanáticas estaba el germen del que se alimentarían los regímenes totalitarios que se acercaban. Cabe atribuir, pues, diversas lecturas interpretativas a Cintas rojas. En un autor tan dado a la estridencia y al efectismo, existe el peligro de no traspasar esas primeras impresiones de su narrativa. Quizás, debido a ello, se ha impuesto la tendencia a quedarse sólo con la imagen menos lograda de sus envolturas formales. Pero en su obra hay mucho más. A este respecto, iniciarse en su lectura a través del relato protagonizado por Rafael Luarca puede ser lo más indicado. Las escenas están bien articuladas, como si se tratase de una composición a la manera de un pintoresco y negro retablo de maravillas. Además, en esta pieza quedan mejor integradas, que en otros textos suyos, las invenciones léxicas, los arcaísmos y expresiones desaparecidas, los desplazamientos de sentido, y otros elementos retóricos que López Pinillos puso en juego para conseguir la distorsión esperpéntica y tremendista que con tanto esfuerzo buscaba y que, en muchas ocasiones, alcanzó.

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